Reseñas

[RESEÑA] Iron Maiden en Chile: El triunfo del Heavy Metal sobre el mito del tiempo

Iron Maiden desató una tormenta de heavy metal atemporal en Santiago, ratificando en dos noches históricas ante más de 100 mil personas que su alianza con el público chileno no pertenece a los libros de historia: se reescribe con furia en tiempo presente.

Hay una delgada línea entre la celebración de un legado y la explotación comercial de la nostalgia con olor a humedad. Cuando una banda cumple medio siglo de existencia, el peligro de convertirse en una caricatura autocomplaciente de su propia gloria es un riesgo latente. Sin embargo, lo vivido este fin de semana en el coloso de Ñuñoa desmantela cualquier sospecha de decadencia.

Bajo el marco del ambicioso Run for Your Lives World Tour, la emblemática agrupación británica montó una de las superproducciones visuales y musicales más imponentes que se hayan registrado en el recinto metropolitano, transformando el Estadio Nacional en una fastuosa catedral de fuego, teatralidad y sonido ecualizado para la inmortalidad.


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El Ritual previo a la tormenta: Los teloneros que hicieron temblar el Estadio Nacional

El rugido del Estadio Nacional comenzó a gestarse mucho antes de que la legendaria «Doncella de Hierro» pisara el escenario, gracias a una antesala cargada de distorsión, virtuosismo y potencia. Los encargados de romper el hielo y congregar a las primeras mareas de fanáticos fueron los nacionales Nuclear, quienes desataron un vendaval de thrash metal crudo y acelerado, haciendo honor a la veta más extrema de la escena local. Con un sonido directo al hueso y líricas punzantes, la agrupación ariqueña logró encender los primeros focos de mosh pits sobre la cancha, dejando el terreno pavimentado e hirviendo para el plato fuerte internacional de la apertura.

El relevo definitivo llegó de la mano de Mammoth WVH, el proyecto comandado por Wolfgang Van Halen, quien demostró con creces que el talento corre por sus venas a través de un hard rock melódico, moderno y sumamente cohesionado. La banda estadounidense envolvió el coliseo de Ñuñoa en una atmósfera de riffs monumentales y solos de guitarra impecables, logrando capturar la atención de un público chileno tradicionalmente exigente. Entre el estruendo de la batería y la ovación de más de sesenta mil almas que ya repletaban el recinto, la presentación de los norteamericanos selló una previa perfecta, transformando la tarde en un ritual electrizante antes de la gran invasión de «La Bestia».

Un arranque valiente: El peso de las raíces urbanas

En lugar de abrir los fuegos con un himno radial predecible diseñado para complacer de entrada a las masas, la Doncella de Hierro optó por una declaración de principios ruda y callejera. Tras la infaltable cortina de «Doctor Doctor» de UFO —coreada con la misma devoción que si fuera un corte propio—, las pantallas y la escenografía nos arrastraron a los callejones del Londres de inicios de los 80.

La irrupción con «Murders in the Rue Morgue» fue un mazazo de nostalgia directa y un guiño cargado de profunda emotividad. La composición de 1981 funcionó en el aire como un homenaje implícito y un aplauso al cielo por el reciente fallecimiento del vocalista original de la banda, Paul Di’Anno. Lejos de la pulcritud de los estadios modernos, los riffs ejecutados por la infalible tríada de guitarras de Dave Murray, Adrian Smith y Janick Gers nos devolvieron el sonido abrasivo, urgente y con sutiles tintes punk de la Nueva Ola del Heavy Metal Británico.

El bloque inicial no dio tregua a las pulsaciones. La banda encadenó de forma milimétrica «Wrathchild», la oscura crudeza de «Killers» y las intrincadas transiciones progresivas de «Phantom of the Opera». Fue en este punto donde Bruce Dickinson se detuvo a mirar la marea humana, lanzando una frase lapidaria que definió la noche: “El paso del tiempo es simplemente ridículo”.

A sus 68 años, el frontman corre, salta y domina la pasarela con una capacidad pulmonar que desafía los cánones de la biología médica. Su interpretación de los temas de la era Di’Anno, adaptados con maestría a su registro operático, fue el primer gran triunfo técnico de la jornada.

Las sorpresas del catálogo y un motor renovado en las sombras

La columna vertebral del espectáculo estuvo minuciosamente delimitada para cubrir la época de oro que va desde el debut homónimo de 1980 hasta el lanzamiento de Fear of the Dark en 1992. Dentro de este recorrido exhaustivo, la gran gema de la noche para los coleccionistas y fanáticos acérrimos fue el rescate de «Infinite Dreams». La pieza mística de «Seventh Son of a Seventh Son» (1988) no se escuchaba en una gira oficial desde hacía décadas, y su interpretación en Santiago desató lágrimas contenidas en las tribunas y un coro unánime que erizó la piel.

Inmediatamente después, el despliegue de «Rime of the Ancient Mariner» se impuso como el momento más teatral e interpretativo de la velada. Ejecutar una epopeya progresiva de más de trece minutos en la era de la gratificación instantánea y la atención fragmentada de las redes sociales es un acto de rebeldía pura. Maiden lo hace porque puede, extendiendo pasajes ambientales oscuros donde el bajo galopante del eterno Steve Harris se transformó en el metrónomo de un barco fantasma encallado en el escenario.

Musicalmente, gran parte de la expectación radicaba en los parches. Tras el doloroso pero necesario retiro de las giras del legendario e histórico Nicko McBrain a fines de 2024, las baquetas quedaron en manos de Simon Dawson. El desafío era mayúsculo, pero Dawson disipó las dudas desde el primer compás. Su impecable solidez rítmica y la perfecta sincronía que mantiene con Harris —forjada previamente en el proyecto paralelo British Lion— le inyectaron un «punch» extra a clásicos directos como «2 Minutes to Midnight» y «The Trooper». Su ejecución no buscó imitar de forma estéril a McBrain, sino respetar su swing aportando una pegada más contemporánea y firme.

Iron Maiden en Chile 2026

La superproducción visual: Fuego, cíborgs y teatralidad cinematográfica

Si en lo estrictamente musical la banda ofreció una cátedra, el apartado de los efectos especiales y el diseño escénico rozó la perfección de un montaje cinematográfico. Iron Maiden entiende que el heavy metal es, por definición, un arte visual y dramático. La icónica introducción de «The Number of the Beast» marcó el primer gran despliegue de pirotecnia masiva: una imponente y terrorífica figura tridimensional de Satán emergió desde el fondo del proscenio, flanqueada por seis columnas de fuego real que escupían llamaradas gigantescas hacia el cielo nocturno, elevando la temperatura física de las primeras filas de la cancha en una atmósfera genuinamente infernal.


Cada canción contó con su propia identidad visual mediante sutiles, pero efectivos cambios de telones, pantallas monumentales de alta definición y juegos de luces robotizadas que envolvían la cancha con precisión milimétrica. Para «Powerslave», Dickinson apareció portando su mítica máscara de plumas doradas, moviéndose entre plataformas que simulaban pasadizos egipcios antiguos mientras las guitarras cruzaban solos memorables.


Como dicta la tradición inquebrantable, la aparición de la mascota oficial fue uno de los momentos más vitoreados por la audiencia. Durante el tramo central, un gigantesco Eddie Cyborg irrumpió sobre las tablas. Lejos de ser un mero muñeco estático, la marioneta mecanizada interactuó de forma cómplice e irreverente con los músicos, batiéndose en un duelo de coreografías teatrales con el guitarrista Janick Gers y provocando las risas del público con sus gestos obscenos característicos. El clímax visual llegó con el himno homónimo «Iron Maiden», donde la monumental cabeza de la mascota dominó la totalidad del escenario, sirviendo de antesala perfecta para un cierre de proporciones épicas.

El veredicto de una noche inmortal

Para el bloque final de los bises, la agrupación guardó tres cartuchos indispensables que terminaron por demoler las gargantas de las más de 50 mil almas presentes por jornada: la velocidad y adrenalina aérea de «Aces High», la mística comunión de linternas y coros multitudinarios de «Fear of the Dark», y el mensaje existencialista de «Wasted Years».


La evaluación final es categórica. Lo de Iron Maiden en Santiago no fue un ejercicio de nostalgia barata ni un trámite corporativo de una banda cansada de la carretera. Con una de las producciones escénicas más ambiciosas y caras de su carrera, un repertorio histórico impecablemente curado y un estado de forma musical que avergonzaría a agrupaciones de la mitad de su edad, «La Bestia» demostró que sigue siendo dueña absoluta de los estadios del mundo. El tiempo pasará, los rostros envejecerán, pero mientras estas seis almas sigan subiéndose a un escenario, las glorias del heavy metal seguirán estando vivas, rugiendo con fuerza bajo el cielo de Chile.

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Texto por EMMA | @isem.ma 
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