Reseñas

[RESEÑAS] El eco de El Mal Querer: Ocho años del disco que hackeó el pop y el flamenco

El Mal Querer se publicó el pasado 2 de Noviembre del 2018, el segundo álbum de estudio de la catalana Rosalía Vila Tobella, que nació como una tesis de grado para la Escuela Superior de Música de Cataluña (ESMUC) terminó por convertirse en uno de los fenómenos culturales y editoriales más disruptivos de la música global en el siglo XXI.

A ocho años de aquel lanzamiento, el álbum no solo conserva su vigencia sónica intacta, sino que se alza como el centro de un debate inconcluso sobre la apropiación cultural, la evolución de las tradiciones folclóricas y el escrutinio desmedido que sufre la mujer creadora cuando osa hackear los templos del purismo musical.

De una novela del siglo XIV a los polígonos de Barcelona: El proceso creativo

El andamiaje conceptual de El Mal Querer es, por definición, un ejercicio de audacia académica y artística. Estructurado de forma capitular (11 canciones, 11 capítulos), el disco narra una historia de amor tóxico, celos, cautiverio y posterior liberación. La inspiración primaria provino de Flamenca, una novela occitana anónima del siglo XIV que Rosalía descubrió durante su formación musical.

Junto al productor canario El Guincho (Pablo Díaz-Reixa), la artista se encerró en un pequeño departamento de Barcelona con recursos técnicos limitados pero una ambición desbordante. El proceso creativo consistió en desmantelar los códigos estrictos del cante flamenco y cruzarlos con la vanguardia del pop experimental, el trap y el R&B industrial de tintes anglosajones.
En la paleta sonora del álbum coexisten elementos de un sincretismo casi violento: Muestreos de motores de motocicletas acelerando a fondo en «De Aquí No Sales». Las palmas tradicionales gitanas ralentizadas y procesadas digitalmente junto a cajas de ritmos 808. Arreglos corales y armonías de voces superpuestas mediante autotune que recuerdan tanto al canto gregoriano como a la producción experimental de James Blake. El uso de la melodía de «Cry Me a River» de Justin Timberlake reconvertida en el lamento de «Bagdad».

Rosalía demostró una erudición meticulosa guiada por la guía de su maestro de cante, Chiqui de La Línea. No estaba imitando el flamenco de forma superficial; estaba utilizando sus estructuras métricas (como la taranta, la zambra o los tangos) como bloques de construcción para una arquitectura pop completamente nueva.


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La hoguera de la controversia: El purismo y el debate de la apropiación

Ninguna obra de impacto masivo en la España reciente ha levantado tantas ampollas geopolíticas e identitarias como El Mal Querer. Tan pronto como, se instaló en el imaginario colectivo, el álbum se convirtió en el epicentro de una tormenta perfecta sobre la propiedad cultural.

La crítica se dividió de inmediato en dos frentes irreconciliables:



Por un lado, sectores del activismo gitano y defensores de la ortodoxia andaluza acusaron a la cantante de apropiación cultural y extractivismo. Los argumentos señalaban que una joven de San Esteban de Sasroviras (Cataluña), de origen payo (no gitano), estaba capitalizando estéticamente una herencia ligada históricamente al sufrimiento y la persecución del pueblo romaní. El uso del caló (argot gitano) en sus letras y la imaginería visual de sus videos —plagados de iconografía religiosa, nazarenos, camiones y polígonos industriales— fueron leídos por sus detractores como un disfraz exótico diseñado para el consumo de las masas internacionales.

Por el otro lado, historiadores del arte y la facción renovadora del género recordaron que el flamenco es, por su propia génesis, una música de ida y vuelta, un arte mestizo que ha mutado en contacto con el jazz, el rock (como hizo Enrique Morente con Lagartija Nick en Omega) y la música electrónica. Desde esta perspectiva, Rosalía no estaba destruyendo el flamenco, sino expandiendo sus fronteras colonizadoras hacia el público global.

El sesgo de género en la fiscalización del arte

Al analizar el fenómeno con la distancia que otorgan estos ocho años, se vuelve imperativo ejercer una mirada crítica sobre la naturaleza de los ataques que recibió la artista. La pregunta que flota en el aire desde 2018 es incómoda pero necesaria: ¿Se habría juzgado con la misma severidad inquisitorial a un artista varón?

La historia de la música popular española está repleta de hombres que revolucionaron, fusionaron y alteraron el folclore sin recibir una impugnación biográfica tan feroz. Cuando Camarón de la Isla introdujo una batería eléctrica o un bajo en La leyenda del tiempo (1979), sufrió el rechazo inicial de los puristas, pero su genialidad nunca fue reducida a una simple estrategia de marketing.

Años más tarde, proyectos liderados por hombres que coquetearon con el pop y la electrónica desde márgenes andaluces fueron catalogados de inmediato como «vanguardia», «genialidad» o «renovación necesaria».

Con Rosalía, la fiscalización adquirió tintes de un paternalismo condescendiente. A menudo se intentó subestimar su autoría intelectual y técnica, sugiriendo de forma velada o directa que el verdadero cerebro detrás del sonido era El Guincho, relegándola al rol tradicional de la «diva pop» que solo pone la voz y la imagen. Esta narrativa ignoraba sistemáticamente que ella figuraba como coproductora ejecutiva, arreglista y compositora de cada uno de los cortes del álbum.

Además, la intersección de ser mujer, joven y proveniente de una región sin tradición flamenca hegemónica operó como el detonante perfecto para una resistencia patriarcal disfrazada de defensa cultural. Prácticamente se le exigía un carné de autenticidad que rara vez se le pide a los productores hombres de la escena urbana actual cuando samplean ritmos caribeños, africanos o afroamericanos.

El Mal Querer demostró que, en la industria musical, el atrevimiento de una mujer que reclama el control absoluto de su narrativa —tanto en el fondo lírico del maltrato y la emancipación como en la forma técnica de la producción de estudio— genera un profundo malestar en las estructuras que históricamente han administrado qué es «arte legítimo» y qué es mero capricho comercial.

El legado sónico: El día que el pop español se volvió global

A ocho años de su publicación, El Mal Querer resiste el paso del tiempo porque no fue una moda; fue un cambio de paradigma. Abrió las compuertas de par en par para una generación de artistas iberoamericanos que entendieron que la hiperlocalidad y el respeto mutante por las raíces propias eran las mejores cartas de presentación ante un mercado global anglocéntrico. Sin este álbum, el pop en español contemporáneo carecería de una de sus principales brújulas estéticas. Rosalía no solo demostró que se podía hacer vanguardia desde la tradición, sino que la mejor forma de homenajear un legado cultural no es momificarlo en un museo, sino prenderle fuego para ver cómo vuelve a nacer de sus propias cenizas.

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Texto por EMMA | @isem.ma 
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